sábado, 26 de noviembre de 2011
sábado, 19 de noviembre de 2011
Veinte años es todo.
Quisiera volver sobre mis pasos y ver a ese nene de ocho años cuando dejaba
la infancia para siempre.
Quisiera estar cerca de ese chiquito que daba significados negativos a la belleza que seduce por el hueco de las miradas furtivas.
Quisiera abrazarlo y decirle que no odie ni se perturbe a muerte cuando no pueda entender las cosas horribles que la vida le tenía preparadas.
Quisiera decirle una palabra simple en tremenda soledad y un abrazo de esos que a veces puedo dar.
Quisiera frenar en el momento justo su desconfianza, su incertidumbre, su inseguridad.
Quisiera pero no puedo.
Además si hiciera todo eso, no estaría hoy escribiendo así, de esta manera, lo que quisiera reparar.
Si pudiera volver sobre mis pasos ya no estaría hoy acá. Estaría en otro lado, sería otro tipo.
Y ese chico no me reconocería al llegar después de su viaje de veinte años.

Quisiera estar cerca de ese chiquito que daba significados negativos a la belleza que seduce por el hueco de las miradas furtivas.
Quisiera abrazarlo y decirle que no odie ni se perturbe a muerte cuando no pueda entender las cosas horribles que la vida le tenía preparadas.
Quisiera decirle una palabra simple en tremenda soledad y un abrazo de esos que a veces puedo dar.
Quisiera frenar en el momento justo su desconfianza, su incertidumbre, su inseguridad.
Quisiera pero no puedo.
Además si hiciera todo eso, no estaría hoy escribiendo así, de esta manera, lo que quisiera reparar.
Si pudiera volver sobre mis pasos ya no estaría hoy acá. Estaría en otro lado, sería otro tipo.
Y ese chico no me reconocería al llegar después de su viaje de veinte años.

miércoles, 16 de noviembre de 2011
viernes, 11 de noviembre de 2011
domingo, 6 de noviembre de 2011
Presagios.
Esta noche es hora de entregar muchos besos y darnos cuenta que a veces nos cuesta.
Presagios. Vestigios de ciudad.
Una marcha de cuerpos en movimiento.
Una marcha hacia adelante. Música. No tan distintos somos todos.
Estamos todos hoy. No nos quedemos afuera, ni adentro. Moverse. Bailar y tocarnos.
Caravanas al borde un ataque de deseos.
Mis alpargatas de yute charlan con tus tacos en índice.
Resuenan en mi cocina y en la vereda que recorreremos en un rato.
Se des-homologan los estereotipos, parecidos somos, pero no iguales. Y ahí nuestra fuerza creadora.
Vamos hacia el Congreso, hacia la fiesta, vamos.
Todos vamos buscando momentos de seducción, queremos encontrar nuestra carta fuerte.
Cuál es tu Deseo? Tu mejor arma para Seducir?
Eso nunca está del todo claro, de-velado. Ahí opera su motor sensible.
Hay gente que busca con su desnudez llana, borrando de su cuerpo las marcas de sus vestidos. Incorporando las huellas del trabajo que ha realizado sobre ese territorio despoblado de metáforas.
Hay otros que buscan adquiriendo accesorios que generan la ilusión de proximidad. El objeto-prótesis habla de nosotros, seduce y dice por nosotros.
Hay quienes ven en el exceso una virtud. De lo que sea, implantes de tetas o verborragia infinita.
Están los que pretenden manipular la culpa ajena, sobre ese punto trabajan incansables. Van y van sin reconstrucción. Atacan, pinchan, una y otra vez, hasta que el otro acusa el golpe. O vuelve a ellos o cae en la depresión.
Eso también es seducir aunque no aparezca tan claro.
Cuál es tu deseo es la causa, parte original de la manera que elegís para seducir o ser seducido. Es también efecto, profecía autorrealizadora de cómo avanzás en tu búsqueda.
Momentos de placer.
Relatos fantasmagóricos que cimentamos.
A la vez, hay clausura. Cierres y recortes de otras partes que dejamos en la oscuridad.
Que vuelven, retornan como índices que juegan su rol pasivo a la sombra.
Hoy va a llover y los muñecos de trapo se van a mojar. Tanto si están tirados en el suelo, o colgados suspendidos a la sombra.
Hoy va a llover y los títeres en la horca se van a pudrir si no los intervenimos.
Levantemos esas marionetas. Pongamos al sol su tela. Que les dé el aire en sus rostros.
No ignoremos al espantapájaros.
Cumple su función inmóvil y humilde.
Feliz día del Orgullo a mis amigos que han salido al sol.
Feliz día de la Seducción a los lectores que puedan ubicarla.

domingo, 30 de octubre de 2011
Todo Mezclado.
(...)
me quedo
permanencia
una lapicera y un
papelito
en
mi mochila.
muchas palabras (...)
-seis meses-
en Deseo
Luz de mayo, venís llegando y yo ya no estoy cerrando los ojos
dentro de la caverna.
(todos esos lugares)
Si no te invito a pasear, puede que me arrepienta durante mucho
tiempo.
"29 de abril, los redondos, ron, Ernesto, El beso. Luz.
"
Seamos.
Todo mezclado.

jueves, 20 de octubre de 2011
In.
In.
Cuando el mundo se vuelve un lugarcito seguro e inerte.
En ese profundo bache que nos convierte en fantasmas inexpresivos.
Cuándo fue que nos volvimos incrédulos?
En qué instante crucial olvidamos que las pulsiones son ineluctables?
Te levantás, olvidás las claves de tu inconsciente y salís a innovar en rigurosos inventos.
Trabajás en el infierno, invertís en cadenas cada vez más inviolables.
Qué maestra insulsa nos habrá metido la idea de nuestra insignificancia?
Que padre inseguro nos habrá llenado de infantiles odas a la imposibilidad de rebelarnos?
Te sentís en un mundo inhóspito, tenés miedo y no querés ver el corazón de la infamia.
No encontrás un momento de intimidad para reflexionar sobre lo injusto que sólo te toca indirectamente.
Entonces te mantenés callado, inactivo, no tocás la vidriera por miedo a romperla. Mirás de afuera, sin recibir invitación.
Y así se te pasan los años, creyendo a la bestia como un ser invencible.
Dale que sopla torcido, no se te vaya a caer. Y cuando se cae, se quiebra sin insistencia.
Es increíble la paradoja de tu vida. Diseñada, con pínceles y calculadoras inequívocos.
Pantalla inexpugnable, obediencia indebida, trazada por los fracasos y vacíos de tu ingenuidad.
Inocencia. Incoherencia. Incesto. In.
Te miro. Te miro desde y para adentro.
In.

domingo, 16 de octubre de 2011
Con Ven Sí Dos.
Felices horas! Las que vienen y las que ya están.
Soy un nene que necesita atención, necesita que lo necesiten.
Atormentado de sentidos. Atolondrado de deseo.
Giro.
Me pongo el amuleto y ya no hay destino.
Soy un nene que hace muchas preguntas, demasiadas.
Que cuando quiere algo, se encapricha.
Pero también reflexiono, me corro, soy digno, te aconsejo.
Una hija Ana, otra Malestar.
Síndrome de Estocolmo. Y yo que no aprendí a secuestrarte.
Laberinto del Resplandor. Y yo que nunca agarré un hacha.
No vas a poder escapar del pasado, si te paraliza el presente.
Estás convenciéndote. Venciéndote.
Con-vencidos.
El viento traerá.
No pienses de más, Deseo.
Con, ven, sí, dos.
Es la hora de dormirse.
No, mejor salgamos por ahí a bailar hasta que no quede nadie ajeno a nuestro lado.
Un turista.
Arianne Sodero Calvet. ®
lunes, 10 de octubre de 2011
El Pozo.
Mariana se levantó temprano esa mañana, yo seguía dando vueltas en un sueño perturbador.
La sentí irse, cuando aún seguía en medio del bosque, dentro del hotel que mi hermano Maxi regenteaba. Le dije desde el hall, pará no te vayas Mariana, no me dejes solo acá.
No me escuchó, en cambio mi hermano que no me reconocía seguía ordenando papeles rojos en la puerta.
Disculpame, ya que viniste hasta acá, no me harías un favor muy muy grande?
Qué Maxi? No le dije que era su hermano, que no entendía que hacía él ahí trabajando en un hotel en medio de un bosque, bordeando un lago. Nada le dije. Sólo, qué Maxi?
Mi mujer está por parir, voy a ser papá, y si salgo ahora tal vez llegue para su primer día de colegio.
Tampoco dije nada a esa idea tan poco lógica. Sí, claro. Yo te cuido el lugar.
Y así nomás salió. Cuando llegó a la puerta giratoria que además era ascensor y tenía un funcionamiento un poco raro: giraba y subía en caracol por un ombú gigante hacia arriba, hacia algún lugar, me dijo; Che, ojo con el pozo atrás del jardín, no lo riegues ni tampoco te asomes a verte en el reflejo de la tierra. No te preocupes. Ah y felicitaciones Maxi! Vas a ser un gran padre.
El hotel era lujoso, pero no había nadie. Ni una sola persona. Corredores muy largos con arcos altísimos que conectaban el bosque de arrayanes con el lago que se me hizo estaba helado. Allá a lo lejos un botecito flotaba solitario y tenía un cañón con una luz turquesa que iluminaba el cielo que era de noche, pero acá el día era de día.
Sin dudarlo me fui al jardín del fondo en busca del pozo.
Estaba todo sembrado de amarillo con unos canteros altos que bordeaban el caminito todos llenos de rosas negras y rojas. Caminé decidido a quebrar la voluntad de mi hermano, no por caprichoso, sino porque sí.
Llegué al borde del pozo, recién ahí dudé. Cómo se iría a llamar el hijo de Maxi, mi sobrino? Busqué del otro lado de la cama sobre la almohada de Mariana, su cara. No estaba, ni ella, ni su cara, ni su almohada.
Me incliné lentamente hacia el pozo, estaba oscuro, salía olor a guiso de la abuela Yola, inconfundible, luego una brisa húmeda y profunda me tocó los cachetes.
Desde adentro del ojo izquierdo me sorprendió una lágrima, cayó en el pozo. Desperté.
Ana saltaba sobre mis piernas jugando con crayones amarillos y negros.
Hola papi, mirá me dibujé en el espejo sentada por el resto de mi vida. Y reía.
Reímos juntos. La casa olía a vainilla. La subí a caballito y partimos juntos hacia la cocina. Mariana miraba de espaldas por la ventana hacia el jardín. Estaba inmóvil, le hablé. No se dio vuelta.
En la radio un locutor meloso decía que iba a llover y que los anhelos se mojarían de manera irremediable. Luego agregó, Ana tiene hambre, preparale el desayuno che.
Me senté en la mesa, había dos pasteles, uno de limón y otro de arándanos. Corté ambos, Mariana dejó la ventana, se paró a mi lado, me dio un beso dulce en la nariz y me dijo al oído que el pozo estaba rebalsando. Me estremeció y todo mi brazo izquierdo tembló.
Lo vas a tapar con tierra negra o lo vas a regar con agua perfumada?
Y me miró fijo. Ana se rió dulce.
Besé a ambas y salí por la puerta de atrás al jardín. Mi mamá del otro lado de un cerco bajito le cantaba una canción de cuna a Juan, el hijo de Maxi y Chechu. Lo mecía lentamente. Mamá, voy a ver al pozo. Sí, hijo. Ya era hora.
No tengas miedo, un pozo no muerde.
Mientras caminaba por el jardín miré hacia la casa. Mariana y Ana sentadas en la mesa ponían velas de cumpleaños en los pasteles. Quise llamarlas, pero no me escucharon.
Desde arriba, se escuchó una voz en off, mi viejo tarareaba lejana tierra mía de Gardel.
Hijo, el abuelo Celestino escuchaba a Carlitos, nunca te olvides.
No, respondí. No me voy a olvidar papá.
En el jardín había decenas de mangueras de goma de todos los colores desparramadas por el pasto. Al fondo me esperaba el pozo. Caminé liviano, me sentía bien, en calma.
Sonreía. A un costado estaba el kiosco abierto, el señor que siempre me vende cigarrillos y me cuenta sobre el barrio, me saludó. Hoy no hay caramelos sugus colorados, H, te los debo.
En ese momento salió el sol y me dio de frente, a los ojos. El jardín se alargó, se estiró hacia el fondo. El ciruelo al fondo se alejaba bailando un vals. Sentí un golpecito sutil en los vidrios, me di vuelta, mi abuela Elvira me saludaba desde la cocina, cebando un mate con una pava gigante de porcelana celeste. Su amiga Graciana y mi tía Mirta jugaban a las cartas. Ana las miraba atenta. En el fondo Mariana pintaba desnuda un cuadro de ella misma mirando por la ventana atrás de un cuadro más pequeño. La Mariana dentro del cuadro llevaba puesto su saquito rojo y el prendedor de su abuela brillaba, me encandilaba. Sentí calor en la sien.
Che! mi viejo nuevamente en off me dijo; el pozo H, el pozo.
Me di vuelta resuelto a llegar al fondo del jardín. Me subí a una cinta mecánica, agarré la mochila y me la puse en los hombros. Pesa más que la china, pensé.
No importa, tengo que ver qué voy a hacer con ese pozo.
Caminé. Tuve frío. Luego mucho calor y transpiré. El jardín seguía alargándose, se llenó de humo y olor a asado. Mi tío Jorge mientras prendía el fuego con leñas leía parado el Eternauta. Nunca uses carbón, H.
No, tío. Lo voy a intentar.
Tiré la mochila al pasto, cientos de caracoles se la llevaron al mar que estaba picado y, pensé, muy salado.
Ya no volví a mirar hacia atrás, ni a los costados. Este tema debo afrontarlo solo, dije en voz alta.
Sopló el viento como nunca. Llegué finalmente al pozo. Ahí estaba nomás.
Él y yo.
Me senté en su orilla, colgué los pies en el abismo. Me dejó, o me permití, verlo de cerca, me incliné.
Dentro no había inmensidad, ni era oscuro, ni profundo. Ni daba miedo, ni incitaba a tirarse dentro.
Nada.
Un pozo. Piedras, restos. Algo de agua, pero ni cristalina, ni reflejos, ni negra o terrorífica.
Un pozo, nada más. Como cualquier otro. Sin planes ni órdenes. Ni mitos o eternidades.
Me levanté. ahí lo dejé. Al fondo del jardín, dónde siempre estuvo.
Volví a casa, ahí estaban todos listos, preparados para comer.
jueves, 6 de octubre de 2011
sábado, 1 de octubre de 2011
Entrar, salir y permanecer en el umbral.
Todos tenemos que salir. Para aprender de
nuevo a entrar.
Tenemos que aprender a esperar. Para
saber acelerar a tiempo.
No quiero vender nada. Quiero ser tan
libre como la libertad me lo permita.
Una vez compré pasajes para irme, pero no
había aprendido a partir.
Menos aun a volver. Qué me vienen con
frentes marchitas?
La frente en alto, metonimia y
contigüidad de hacer autocrítica real.
No se sale de la caverna con los ojos
completamente abiertos.
Quedaríamos ciegos al instante.
Tampoco se sale con miedo y apretando las
pupilas.
Quedaríamos sin saber diferenciar piedras
y cielo.
No quiero comprar nada. Quiero ser tan
liviano como mi peso me lo permita.
Si alguien sale intacto, es porque nunca
dejo de ser hermético, no aprendió nada.
Todos tenemos que salir, vos, yo, él,
ella, todos ustedes y ellos.
Aquel que nunca cayó en el pozo, como
sabe que está al aire libre?
A esta dicotomía barata, la completo con
dialéctica de nieve y amaneceres privilegiados.
Cuánto tiempo podemos permanecer,
transcurrir, en la cinta cruel del desasosiego?
El que sea necesario para aprender a
frenar y a caminar de nuevo, sin máquinas de la culpa.
Todos tenemos que salir. Para entrar de
nuevo.
martes, 27 de septiembre de 2011
miércoles, 21 de septiembre de 2011
Subibaja. Cuento.
Subeibaja.

Caminaba despreocupado, ferviente de sábado por la tarde.
Llevaba en el bolsillo la linterna por si me sorprendía la noche.
Cargaba el termo gigante lleno de ron por si me ganaba la sed.
Iba despreocupado de los edificios que dejaba detrás. Por las camisas que no había planchado. Por el desmán que había generado de papeles y despedidas, todos volando y arremolinando por el aire del callcenter.
El sendero era tan ancho como un deseo, me rozaban los sauces llorones a ambos lados, los hombros caídos pero livianos apuntaban a las piñas que se amontonaban en el desconsuelo de árboles secos pero inevitablemente vivos.
Veía el arroyo allá lejos, brillaba tenue, y no hacía nada más que flotar y reflejar.
Aun así, me parecía justo y necesario.
En ese lago mis padres nadaron hace treinta años, supieron ser jóvenes y hermosos.
Y yo frente al pasado miraba el futuro.
Fue justo en ese descanso de los pensamientos, cuando había por fin decidido sentarme en uno de los cientos de banquitos de madera. Que me quedé parado y escuché.
Sonaba casi saliendo de los brotes una música lejana y en estéreo.
Un piano y las hojas detenidas, un violín y las ramas flotando, un contrabajo y las olas vergonzosas de la ribera.
Sonaba en todos lados, y yo giré en mi eje, y no pude ver.
Giré hasta marearme y perder noción de mis piernas.
Y nada.
Atrás quedaban mi tía y su hermano, mi padre.
Atrás quedaba el ciruelo de la abuela Elvira, lleno de frutos que nadie juntaba.
Mis hermanos en algún momento del bosque decidieron ir para otro lado.
Maxi! te estás perdiendo la orquesta, Ema! te distrajiste con los caballos nerviosos.
Y yo me detuve ahí, al lado del agua, y de la madera.
Casi como un instrumento más, escuché, sentí, el crujido inconfundible de la herrumbre.
Un hierro desgastado gemía de ir y volver, de quietud y de movimiento.
Giré lentamente mi cabeza, ambas sienes apuntando al sur y al norte, y el sol corriendo despavorido hacia el medio exacto, cayendo en dirección del suelo, de la tierra. Levanté el mentón y también mis ojos se alzaron.
En cámara lenta se irguieron.
La placita desordenada en medio del anfiteatro de potreros se iluminó como un escenario.
Las tres hamacas anaranjadas en quietud.
El tobogán celeste caía más llorón que los sauces.
La arrugada calesita amagaba con girar pero se detenía.
En cambio, el subibaja temblaba de regocijo. Iba y venía. Crujía, se doblaba en curva del deseo. Vibraba la vida en ese tablón con asientos en las puntas.
Me acerqué peligrosamente al arroyo, me vi reflejado y solté un; "dale Narciso, veintiocho años atragantado, decilo che, sacalo de la garganta Narciso Silvio".
Y sonreí. Y me reí en voz alta. Seguí sonriendo en la soledad del parque de San Agustín, y fue mi sonrisa más genuina. Seguro mamá sonrío acá y papá se hizo el seductor a la orilla de este mismo árbol, más me reí.
El subibaja bailaba líquido en medio de la nada. Sus hierros fueron fundidos por alguien, fueron empujados por alguien, fueron detenidos por alguien, fueron humedecidos por alguien y fueron susurro y secreto de tantos amores furtivos y torpes.
Me acerqué con cautela y con suavidad. Crujía y se quejaban sus engranajes.
En un sutil instante se detuvo. Y yo caminé más rápido, despreocupado recién ahí.
Subeibaja.
Me senté en la madera centenaria y hubo un quiebre del sonido.
Los ojos me brillaron por demás. Esto lo sé, porque los vi centellear en el lago, relampaguear su fuego. Su hermoso fuego.
Quisiera ser más Precavido, me dije mirando a la luna que estaba ahí, en vez del sol.
Creep y no soy un extraño. Eso traduje de los sonidos del bosque que me rodeaban.
Y el subibaja no se movió más. Pero yo lo vi moverse me defendí ante el auditorio de marrones y raíces que me miraban.
Yo lo vi subir y bajar, señores.
Repetí muchas veces.
No nene, acá no hay sorpresas, imaginé que me decía el palo borracho que hinchado yacía al borde del alambrado.
La música se apagó, terminó el cd pibe.
Ahí sentí vacío. Vacío. Ni viento para darle vida al cuadro. Nada.
Nada.
Y en ese momento sonaron los violines de verve. Y los ciruelos de Elvira se licuaron con los limones de Yolanda. Agridulce corazón.
Y el subeibaja cobró vida, y empezó a moverse y iluminar los rincones del lugar. Ese parque que tanto pensaba conocer se reveló, y estuve triste y después feliz y después dudé y después tuve certezas y después no pensé y después reflexioné y todo arriba de la misma madera centenaria que crujía (o que hablaba).
Y los extremos del tablón eran iguales, o no, eran similares.
En esas estaba cuando un contingente de gentes se bajó de una combi de escolares. Sacaban fotos al laguito, se reían y abrazaban a los caballos que hipócritas no rechinaban los dientes, eran tantos los que bajaron de ese vehículo!
Hicieron fila india para no perderse en la naturaleza.
Se movieron las aguas, hicieron eco de mareas. Alguien tiró un tronco al medio del espejo.
Se rompió.
El vaivén me despertó.
Ya era de noche. Miré a todos lados, desolación. Viento. Aullidos lejanos.
Un molino se alimentó y molió todo el trigo posible.
Estaba solo. Y sólo eso.
Y yo miraba lo negro. La oscuridad.
Hasta que mis ojos se acostumbraron a la penumbra, a la distancia.
Me acerqué a la orilla, y me crucé de piernas tocando el agua tibia.
Epa! no está helada como pensaba, dije.
Ahí nomás sonó un bandoneón. Así como de repente. Y ya no lo vi como algo extraordinario, simplemente lo disfruté.
Lenta, insegura venías vos, y yo supe que eras vos, sin saberlo.
Estabas sola, no me veías a mí, venías tocando el sendero angosto con los hombros, mirando el arroyo brillante encandilada, los caballos inquietos, te observaste en el lago, tu imagen difusa, sonreíste, te reíste en voz alta, viste al contingente bajar de la combi, te detuviste dubitativa frente la plaza, elegiste el subibaja, te sentaste, describiste a la madera debajo tuyo, y sin querer me miraste fijo a los ojos, inmóvil, cuando me senté frente a vos, en el otro extremo de la madera crujiente.
Que juego más raro, pensaste.
Te necesitaba para jugarlo, pensé.
Y hubo arena de mar en nuestros pies.
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